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Anemia de Fanconi: enfermedad genética, síntomas y tratamiento

miércoles, 21 de enero de 2026

Recibir un diagnóstico de anemia de Fanconi suele ser un momento de gran impacto emocional y muchas dudas para cualquier familia. A diferencia de las anemias más conocidas, que suelen deberse a una falta momentánea de hierro o vitaminas, nos encontramos ante una enfermedad genética poco frecuente y de mayor complejidad. Su nombre puede llevar a confusión, pero su origen no está en la dieta, sino en la capacidad de nuestras células para mantenerse sanas y regenerarse correctamente.

En el día a día, el cuerpo humano está constantemente reparando pequeños fallos en su material genético. Sin embargo, en las personas con este trastorno, esas herramientas de "reparación" natural no funcionan como deberían. Esta fragilidad celular afecta principalmente a la médula ósea —que es la zona del interior de los huesos donde se fabrica la sangre—, provocando que con el tiempo el organismo tenga dificultades para producir suficientes glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas.

Es natural que aparezca una gran incertidumbre ante términos médicos complejos y un futuro que parece incierto. Comprender los mecanismos de la enfermedad y saber identificar las señales de alerta permite a los padres y familiares actuar con mayor previsión y seguridad. Gracias a los protocolos de seguimiento actuales y a las nuevas opciones terapéuticas, el manejo de la anemia de Fanconi ha evolucionado notablemente, ofreciendo hoy un acompañamiento mucho más preciso y humano para mejorar la calidad de vida de los pacientes.

¿Qué es exactamente la anemia de Fanconi?

A diferencia de las anemias nutricionales que la mayoría conocemos —que suelen resolverse con suplementos o cambios en la dieta—, la anemia de Fanconi es un trastorno hereditario poco frecuente que se engloba dentro de las llamadas "insuficiencias medulares". Su principal característica es que la médula ósea, que es el tejido esponjoso dentro de nuestros huesos encargado de fabricar la sangre, pierde progresivamente su capacidad de producir células sanas y funcionales.

Este fallo tiene su origen en una inestabilidad profunda en el ADN de las células. En una persona sana, el organismo cuenta con herramientas naturales para detectar y reparar los daños que sufre nuestro código genético cada día. Sin embargo, en quienes padecen esta patología, esos mecanismos de reparación fallan. Como consecuencia, las células se vuelven extremadamente frágiles y mueren antes de tiempo o se dividen de forma anómala. Esto no solo afecta a la sangre, sino que puede manifestarse en malformaciones físicas desde el nacimiento y en una mayor predisposición a desarrollar otros problemas de salud.

Es fundamental entender que, aunque el nombre técnico incluya la palabra "anemia", este trastorno es en realidad un proceso multiorgánico y evolutivo. Lo que empieza como un descenso en los glóbulos rojos suele derivar en una pancitopenia, que es la disminución de todos los tipos de células sanguíneas (glóbulos rojos, blancos y plaquetas). Además, debido a esa fragilidad del ADN que mencionábamos, el cuerpo tiene más dificultades para protegerse frente a la división celular descontrolada, lo que explica por qué estos pacientes requieren un seguimiento preventivo tan estrecho no solo por parte del hematólogo, sino de un equipo médico multidisciplinar.

El origen genético: ¿por qué se produce?

La aparición de esta enfermedad no se debe a factores ambientales, hábitos de vida ni a nada que los padres hayan hecho mal durante el embarazo. Se trata de un trastorno estrictamente genético que el niño trae consigo desde el momento de la concepción. Es importante dejar claro este punto desde el inicio, ya que muchas familias experimentan sentimientos de culpa totalmente injustificados al recibir el diagnóstico.

Para entenderlo de forma sencilla, nuestro ADN es como un libro de instrucciones que indica cómo debe funcionar cada parte del cuerpo. En la anemia de Fanconi, algunas de esas páginas vienen con "errores de imprenta" de nacimiento. No es algo que se contagie ni que aparezca por un descuido, sino una condición escrita en el código biológico del paciente que determina cómo se comportan sus células.

Esta raíz genética es la que explica por qué la enfermedad puede afectar a tantos órganos distintos al mismo tiempo. Al ser un fallo que reside en la estructura básica de las células, el impacto no se limita solo a la sangre, sino que puede marcar el desarrollo del niño desde sus primeras etapas de formación en el útero materno, manifestándose de formas muy diversas en cada paciente.

El papel de la herencia genética

En la gran mayoría de los casos, la anemia de Fanconi sigue un patrón de herencia llamado "autosómico recesivo". Esto significa que, para que el niño desarrolle la enfermedad, debe recibir una copia del gen defectuoso tanto del padre como de la madre. Si solo recibe una copia de uno de ellos, el niño será portador de la información, pero su cuerpo funcionará con normalidad y no manifestará los síntomas.

El gran reto diagnóstico es que los padres suelen ser portadores sanos: tienen el gen, pero no presentan ningún signo de enfermedad ni sospecha alguna de tenerlo. Por ello, la noticia suele llegar por sorpresa, ya que a menudo no existen antecedentes familiares conocidos. Cuando ambos padres son portadores, existe un 25% de probabilidades en cada embarazo de que el hijo herede ambas copias alteradas y desarrolle la patología.

Fallos en la reparación del ADN

El problema reside específicamente en un grupo de genes encargados de la "vigilancia" y reparación de nuestro material genético. Nuestras células sufren daños de forma constante por procesos naturales del organismo, pero el cuerpo suele arreglarlos al instante de forma automática. En los pacientes con Fanconi, estas "cuadrillas de reparación" no funcionan correctamente, lo que hace que el ADN se rompa con una facilidad asombrosa y no pueda restaurarse.

Cuando este daño se acumula, las células se vuelven extremadamente frágiles y dejan de cumplir sus funciones vitales. Las células de la médula ósea, que son de las que más rápido se dividen en el cuerpo para renovar la sangre, son las primeras en sufrir las consecuencias: mueren prematuramente o se agotan. Este proceso es el que acaba provocando que la fábrica de la sangre se detenga, dando lugar a los síntomas.

Síntomas y signos de alerta físicos

En muchos casos, las primeras señales de la anemia de Fanconi no aparecen en un análisis de sangre, sino que son visibles desde el nacimiento o durante los primeros meses de vida. Estas manifestaciones físicas actúan como "pistas" fundamentales que permiten a los pediatras y especialistas sospechar de la enfermedad mucho antes de que la médula ósea empiece a fallar. Es una etapa crucial donde la observación detallada del desarrollo del niño puede marcar una diferencia significativa en la rapidez con la que se llega al diagnóstico y se inicia el seguimiento especializado.

Entre los signos más comunes se encuentran ciertas anomalías en las extremidades, siendo muy característica la ausencia o malformación de los pulgares o de uno de los huesos del antebrazo (el radio). También es habitual observar manchas en la piel de un tono marrón claro, conocidas como manchas "café con leche", así como una estatura más baja de lo esperado para su edad o una cabeza ligeramente más pequeña (microcefalia). En algunos casos, los niños también pueden presentar problemas estructurales en los riñones o en el sistema digestivo que se detectan mediante pruebas de imagen rutinarias tras el nacimiento.

Es vital recalcar que la enfermedad es sumamente variable y no todos los pacientes presentan estos rasgos físicos de forma evidente. Existen personas con anemia de Fanconi que tienen un aspecto físico completamente convencional y cuyo diagnóstico solo surge años después, cuando aparecen los síntomas de cansancio, palidez o hematomas debidos al fallo en la producción de sangre. Por ello, la ausencia de malformaciones visibles no descarta la patología si existen otros indicadores clínicos que sugieran que el organismo está teniendo dificultades para regenerar sus células correctamente.

El impacto en la médula ósea y la sangre

El aspecto más determinante de la anemia de Fanconi es el modo en que afecta a la producción de células vitales. Aunque el niño nazca con la predisposición genética, la médula ósea suele funcionar con relativa normalidad durante los primeros años de vida. Sin embargo, debido a esa fragilidad del ADN que mencionamos anteriormente, la "fábrica" de la sangre se va agotando progresivamente. Es un proceso silencioso que suele empezar a dar señales evidentes entre los 5 y los 10 años, aunque cada caso tiene su propio ritmo.

Cuando la médula ósea empieza a fallar, el cuerpo entra en un estado de insuficiencia. Esto significa que no es capaz de reponer las células que mueren de forma natural, lo que conduce a una disminución generalizada de todos los componentes de la sangre. Este fenómeno médico se conoce como pancitopenia. No es un evento súbito, sino un descenso gradual que los hematólogos monitorizan de cerca mediante analíticas frecuentes para determinar en qué momento es necesario intervenir.

El descenso de los glóbulos rojos y la fatiga

Cuando los niveles de glóbulos rojos y hemoglobina caen por debajo de lo normal, el cuerpo empieza a notar la falta de oxígeno. Los glóbulos rojos son los encargados de transportar el "combustible" a todos los órganos y tejidos; si no hay suficientes, el corazón se ve obligado a latir más rápido para intentar compensar esa carencia. Esta sobrecarga es la que genera la sensación de cansancio persistente que muchos niños experimentan.

En el día a día, esto se traduce en una palidez notable en la piel y en las mucosas (como el interior de los párpados o las encías). El niño puede mostrarse menos activo de lo habitual, quejarse de dolores de cabeza o sentir que le falta el aire ante esfuerzos que antes realizaba sin problemas, como subir escaleras o correr en el recreo. Es un cansancio que no mejora con el descanso y que requiere una valoración médica para confirmar el grado de anemia.

El riesgo de infecciones y sangrados

La falta de producción en la médula ósea también afecta a los glóbulos blancos, que son los soldados de nuestro sistema inmunitario. Sin una cantidad adecuada de estas células, el cuerpo pierde su capacidad para defenderse eficazmente de virus y bacterias. Por ello, es común que los pacientes con anemia de Fanconi sufran infecciones de forma más recurrente, o que procesos sencillos, como un resfriado, se alarguen más de lo esperado o se compliquen con mayor facilidad.

Por otro lado, el descenso de las plaquetas —encargadas de la coagulación— introduce un riesgo adicional de hemorragias. Las señales de alerta suelen ser la aparición de moratones (hematomas) ante golpes mínimos o incluso sin causa aparente, así como sangrados frecuentes por la nariz o por las encías durante el cepillado. Identificar estos signos de forma temprana es crucial para ajustar el tratamiento y evitar complicaciones mayores derivadas de una coagulación deficiente.

Diagnóstico y pruebas necesarias

El camino hacia el diagnóstico suele comenzar en la consulta del pediatra o del hematólogo tras observar los signos físicos característicos o detectar alteraciones en un análisis de sangre rutinario. Es un proceso minucioso en el que el equipo médico busca descartar otras causas más comunes de anemia —como las nutricionales— antes de confirmar la sospecha de anemia de Fanconi. La tranquilidad de la familia es una prioridad en esta etapa, por lo que los especialistas explican cada paso, asegurándose de que se comprenda que estas pruebas son las herramientas necesarias para diseñar el plan de cuidado más preciso y seguro para el paciente.

La prueba definitiva y más específica para esta patología es el llamado test de rotura cromosómica. Dado que las células de estos pacientes tienen dificultades para reparar su material genético, en el laboratorio se expone una muestra de sangre a sustancias químicas que estresan el ADN. Si los cromosomas se rompen de forma característica y no logran restaurarse, el diagnóstico queda confirmado. Este test es fundamental porque permite diferenciar esta enfermedad de otros tipos de insuficiencia medular que pueden parecer similares a simple vista, pero que requieren enfoques médicos totalmente distintos.

Además de esta prueba principal, los médicos suelen solicitar un estudio genético completo para identificar la mutación exacta entre los diversos genes que pueden estar implicados. Esta información es de gran valor, tanto para entender la posible evolución de la enfermedad como para ofrecer un asesoramiento claro a otros miembros de la familia. En ocasiones, también se realiza un estudio de la médula ósea mediante un aspirado o biopsia, lo que permite observar directamente el estado de la "fábrica" de la sangre y comprobar qué cantidad de reserva celular queda todavía disponible.

Opciones actuales de tratamiento

En la actualidad, el tratamiento de la anemia de Fanconi es multidisciplinar, lo que significa que un equipo de diferentes especialistas colabora para ofrecer un cuidado integral al paciente. No existe todavía un tratamiento único que corrija el fallo genético en todas las células del cuerpo, pero sí contamos con estrategias muy efectivas para manejar las complicaciones sanguíneas de forma exitosa. El objetivo principal es mantener unos niveles de células en sangre que permitan al niño llevar una vida lo más normal y activa posible, interviniendo de forma escalonada según la evolución de cada caso.

Para aquellos pacientes que aún no necesitan una intervención definitiva o mientras se coordina el proceso del trasplante, existen opciones terapéuticas que ayudan a estimular la producción de sangre. El uso de ciertos medicamentos, como los andrógenos (hormonas sintéticas), puede mejorar temporalmente los niveles de glóbulos rojos y plaquetas en muchos casos. Asimismo, se pueden utilizar factores de crecimiento para incentivar a la médula ósea y, en situaciones de anemia severa o sangrados puntuales, se recurre a las transfusiones de sangre o plaquetas de forma controlada para estabilizar al paciente.

El trasplante de médula ósea

El trasplante de progenitores hematopoyéticos, conocido comúnmente como trasplante de médula ósea, es actualmente la única opción terapéutica capaz de resolver de forma definitiva el fallo de la médula ósea. Este procedimiento consiste en sustituir las células madre defectuosas del paciente por células sanas de un donante. Si el trasplante tiene éxito, la nueva médula ósea será capaz de producir glóbulos rojos, blancos y plaquetas con normalidad, eliminando la dependencia de fármacos y transfusiones, y reduciendo drásticamente el riesgo de infecciones graves.

El éxito de esta intervención depende en gran medida de encontrar un donante compatible, siendo un hermano sano la opción ideal. No obstante, gracias a los avances en la medicina y a la existencia de amplios registros internacionales de donantes, hoy en día es posible realizar el trasplante con donantes no familiares con resultados muy positivos. El equipo de hematología evaluará cuidadosamente el momento óptimo para realizar el procedimiento, buscando que el organismo del paciente esté en las mejores condiciones posibles para recibir y asimilar las nuevas células sanas.

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Estaremos encantados de atenderte y resolver todas tus dudas.

Preguntas frecuentes sobre la anemia de Fanconi

Es completamente natural que, tras recibir información sobre una patología tan específica, surjan dudas concretas sobre el día a día, los riesgos y el futuro. A menudo, las familias necesitan aterrizar los conceptos médicos en situaciones cotidianas para reducir la incertidumbre que genera un diagnóstico de este tipo.

¿Se puede detectar la enfermedad durante el embarazo? Sí, es posible. Si existen antecedentes familiares o se sabe que los padres son portadores, se pueden realizar pruebas prenatales como la biopsia de vellosidades coriónicas o la amniocentesis. Estas pruebas permiten analizar el ADN del bebé antes del nacimiento para determinar si ha heredado las copias alteradas de los genes.

¿Puede un niño con esta condición ir al colegio y hacer deporte? En la mayoría de los casos, sí. La escolarización es fundamental para su desarrollo social y emocional. En cuanto al deporte, se recomienda evitar actividades de alto impacto o contacto físico intenso si los niveles de plaquetas son bajos, para prevenir riesgos de hemorragia. Lo ideal es que el hematólogo paute qué actividades son seguras según el estado de su médula ósea en cada momento.

¿La anemia de Fanconi se contagia de alguna manera? No, en absoluto. Es una enfermedad de origen genético y hereditario. No se transmite por el contacto, el aire ni la convivencia. Un niño con esta patología puede y debe integrarse plenamente en todas las actividades sociales sin riesgo alguno para los demás.

¿Existe una dieta especial que ayude a mejorar la enfermedad? Aunque una alimentación equilibrada es esencial para la salud de cualquier niño, no existe ninguna dieta ni suplemento vitamínico que pueda corregir el fallo genético de la anemia de Fanconi. A diferencia de la anemia ferropénica, el consumo de hierro o vitaminas no soluciona el problema de producción en la médula ósea, por lo que siempre se debe seguir el tratamiento médico prescrito.

¿Cómo afecta esta patología al llegar a la edad adulta? Gracias a los avances en los trasplantes y el seguimiento preventivo, cada vez más pacientes llegan a la edad adulta con una buena calidad de vida. No obstante, al ser una condición que afecta a la reparación del ADN, los adultos requieren revisiones periódicas con especialistas (como dermatólogos o ginecólogos) para vigilar la salud de otros tejidos y prevenir complicaciones a largo plazo.

¿Es necesario que los hermanos del paciente también se hagan pruebas? Sí, es muy recomendable. Dado que es una enfermedad hereditaria, los hermanos de un niño diagnosticado tienen una probabilidad del 25% de padecerla también, incluso si no presentan síntomas físicos visibles. Además, estas pruebas sirven para identificar si algún hermano es un donante de médula ósea compatible.